
El Viernes Santo amaneció con un cielo azul rotundo y con el murmullo creciente de un pueblo que se echa a la calle. No es un día de calma, es un día de bulla en cada esquina, de pasos rodeados de gente, de emoción compartida.
La Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores protagonizó una mañana intensa y multitudinaria, donde la devoción se vivió entre reencuentros y tradiciones centenarias que siguen latiendo con fuerza. Este año fue aún más especial: la reapertura al culto de San Agustín tras su restauración y el centenario de la imagen del Cristo de la Yedra dieron a esta Semana Santa un carácter histórico, junto al buen tiempo y la masiva participación de los cofrades.
A las ocho en punto de la mañana, el sonido inconfundible de la Centuria Romana Munda rasgó el silencio para anunciar que el Nazareno aguardaba en San Agustín. Desde la Plaza de la Rosa, los Romanos recogieron a los costaleros, mientras una multitud de devotos, visitantes y montillanos ausentes se congregaba en San Agustín.



La esperada salida fue un auténtico estallido de fe y devoción. Jesús ‘Rescatao’, Nuestro Padre Jesús Nazareno, el Santísimo Cristo de la Yedra y María Santísima de los Dolores abandonaron su templo en brazos de sus costaleros, ya que las dimensiones de la puerta no permiten que los pasos salgan montados. Esto permitió a los presentes disfrutar de las imágenes desde muy cerca, casi rozando la devoción. Una vez preparados salieron de San Agustín entre una bulla respetuosa y emocionada, envueltos en esa luz de la mañana que realza cada detalle, cada mirada, cada plegaria. El cortejo se dirigió hacia el Paseo de Cervantes, donde tuvo lugar uno de los momentos más íntimos y esperados: las bendiciones del Nazareno y la Virgen de los Dolores, un instante en el que las familias se reencuentran con sus tradiciones y con la memoria de quienes les enseñaron a vivirlas.




La segunda parte del recorrido continuó por calles profundamente semanasanteras —Pozo Dulce, Enfermería, San Sebastián y Juan Colín, la calle de la Amargura—, ofreciendo estampas únicas de devoción y emoción compartida.





De regreso a San Agustín, la solemnidad alcanzó su punto culminante con la Lanzada al Cristo de la Yedra y la bendición final del Nazareno y la Virgen de los Dolores, mientras la Virgen lucía los estrenos de la segunda fase de su candelería.
