
El maestro Paco Llopis continúa sus reflexiones sobre el papel fundamental de las familias en el proceso educativo. En esta segunda entrega, continuación de una anterior dedicada a la Familia (l), analiza cómo la colaboración entre el hogar y la escuela, la implicación familiar y la transmisión de valores influyen directamente en la actitud del alumnado hacia el aprendizaje.
Llopis reflexiona sobre las distintas realidades familiares, la necesidad de mantener una comunicación fluida con los centros educativos y la importancia de que familias y profesorado trabajen desde la confianza mutua y con objetivos compartidos. Una mirada a los desafíos actuales de la educación que recuerda que la familia constituye la primera escuela de niños y niñas.
La Opinión, con la voz y la firma de Paco Llopis:
Texto de La Opinión:
Enseñar al que no quiere… LAS FAMILIAS (II)
Reflexionábamos en el espacio anterior sobre la importancia de las familias como otro pilar esencial en la educación en general y, más específicamente, en este grupo que hemos denominado “los que no quieren”. La presencia de madres en la escuela es de total importancia. La incorporación del hombre al proceso, de forma posiblemente gradual, sería esencial para que la unificación de criterios fuera una realidad y no generara en el alumnado dispersión respecto a los modelos a seguir.
La escuela no cumple sólo una función de asistencia social para que se produzca la conciliación familiar necesaria, sino que debe ser considerada como un lugar privilegiado al que asisten mis hijos e hijas y que necesita del apoyo incondicional hacia el profesorado.
Si la actitud del alumnado y profesorado es determinante, aún más lo es la familia, ya que las mismas son el motor desde donde nace la predisposición favorable o no hacia la escuela y sus maestros, cooperando, adoptando medidas conjuntas, participando en el proceso educativo directa o indirectamente y haciendo que “mi casa sea la primera escuela y la escuela mi segunda casa”, de donde deben partir los valores que después potenciamos en la escuela. Una familia sin rumbo hace niños sin rumbo y, en muchas ocasiones, se deja a la escuela la función que deben hacer las familias y eso es un error.
Siempre es deseable esta colaboración, pero no ocurre siempre: la actitud ante los estudios de los hijos, el grado de colaboración, la capacidad de influencia, el grado de conocimiento para educar a los hijos determinan la presencia en el proceso educativo.
Hay familias que quieren colaborar, pero a veces… “no pueden con sus hijos”. Otras veces, las familias que llamamos desestructuradas pueden tener problemas de control, dado que hay ausencia durante mucho tiempo del domicilio, justificado en la mayoría de los casos por diversos motivos, y que acaban por quitar autoridad a los padres. Otras veces, la propia subsistencia obliga a estar pendientes de asuntos básicos como comer, pagar las facturas o dar respuesta a las necesidades de cada día.
Por eso es necesario tener claro que hay cuatro preguntas básicas que lo determinan todo: ¿quieren?, ¿pueden?, ¿saben?, ¿están?
Por ello, la falta de implicación de algunas familias y la pérdida de la capacidad y voluntad de hacer cumplir las reglas se plasma en una falta de colaboración, con lo que se agravan los problemas de conducta y rendimiento de los propios hijos. Se hace necesario, por tanto, conseguir un clima de entendimiento y diálogo que nos permita predisponer favorablemente al alumnado hacia la escuela.
Sabemos que existen familias colaboradoras, familias ausentes, familias hostiles y familias impotentes. Por ello, cuando hablamos del alumnado que no quiere, lo mismo estamos hablando de problemas de base que se trasladan a la escuela, haciendo de la labor educativa una labor ingente, donde el puzle a formar es arduo y complicado.
No solo culpemos, por tanto, a aquellos que no quieren, sino que seamos conscientes de todas estas realidades y trabajemos, como señalábamos en la reflexión anterior, los aspectos socioemocionales para hacerlos avanzar en la predisposición positiva y, desde ahí, intentar impartir las competencias que se puedan en cada caso.
Desde este punto podemos iniciar un proceso, nada fácil, intentando controlar las compañías, prestar atención a sus actitudes, marcar límites acompañados de un abrazo, intentar tener abiertas las vías de comunicación, saber decir no evitando la permisividad, pedir cuentas y aplicar las consecuencias, mantener el equilibrio entre afecto y control, conocer sus gustos y necesidades y escuchar más que hablar, dar responsabilidades razonadas y razonables y aplicar controles y sanciones cuando no quede más remedio ante una negativa a cambiar de actitud.
Las familias son determinantes en este proceso y, si no puedes, al menos pide ayuda para que se pongan los medios más adecuados posibles. Nunca dejes de tener contacto con la escuela, porque la distancia no favorece en nada a tu hijo o hija, aunque sea para presentarte y ponerte a disposición de los profesionales con el fin de recibir la escucha necesaria y facilitar los medios.
Si no te acercas, todo resulta más difícil y, posiblemente, quienes acaben pagando las consecuencias sean tu hijo o tu hija.
¡¡Siempre adelante!! La escuela enseña, educa, instruye… LA FAMILIA ES LA PRIMERA ESCUELA.
El alumnado es el objetivo; el profesorado, un agente importantísimo; la familia, esencial; y las instituciones, otro pilar del que hablaremos en la próxima reflexión.
Ser maestro es un arte y educar al que no quiere, todo un reto en los tiempos que corren.
Paco Llopis
Maestro
