Educar no empieza en el currículo ni en los estándares de aprendizaje. Empieza mucho antes: en la relación, en el vínculo, en la certeza de sentirse querido. Cuando un alumno no quiere aprender, la pregunta no debería ser solo qué le pasa, sino también qué siente y qué mensaje recibe cada día de la escuela.

En esta nueva columna de opinión, el maestro Paco Llopis reflexiona sobre uno de los mayores retos del sistema educativo actual: el alumnado que no quiere, que se resiste, que rompe el ritmo del aula… y nos recuerda que “para educar hay primero que querer, que se sientan queridos”. 

Texto de La Opinión:

Educar al que no quiere… (1). El profesorado como agente dinamizador

En una de las reflexiones anteriores hacíamos hincapié en el alumnado que sí quiere, pero no puede.  Hoy lo vamos a hacer sobre el alumnado que no quiere y que por desgracia abunda en nuestras aulas, aún a sabiendas que hay un buen grupo de alumnado que sí está por la labor de aumentar su competencia en las distintas áreas del currículo y abrirse un camino a corto y medio plazo. 

Cuando hablamos de este grupo de alumnado tenemos que comenzar con la palabra optimismo y pensando que se pueden conseguir metas y para que el alumnado consiga esas metas hace falta que, el profesorado esté preparado para gestionar y acondicionar una clase de forma eficaz y, como decíamos el otro día, justa. Planificar no sólo los contenidos que se van a impartir sino, sobre todo, planificar y ser muy consciente de las variables socio-emocionales del alumno.

Un trabajo en Equipo del Profesorado. Una implicación de las familias y una atención específica para disponer de los medios adecuados por parte de la Administración.
Todo esto, sería ideal pero no siempre se dan estas circunstancias por muchos y variados motivos y en nuestras escuelas están todos los que tienen diversidad de intereses y entre ellos,los que no quieren, pero les obligan a estar.

Entiendo que, aceptando todo esto, lo primero es “entenderles para cambiarles”. Hay infinidad de causas que hacen que parte del alumnado no quiera y no todas son achacables al alumno sino a otros agentes educativos como la calle, los medios de comunicación, las familias y su nivel de implicación, tiempo y dedicación…el profesorado y su grado de implicación, formación, aceptación del papel de educador.

Algunas de las variables que pueden generar una actitud negativa hacia la escuela está en la propia estructura del sistema y el no creer que la Escuela es el pilar básico y fundamental, como ocurre en otros países, la falta de cultura del esfuerzo, la falta de expectativas de éxito, la percepción subjetiva de la falta de capacidad, la falta de fuerza de voluntad y perseverancia, la
ausencia de hábitos de trabajo, los problemas personales y familiares, el lugar secundario de los estudios en su escala de valores, la necesidad de la inmediatez a la hora de conseguir lo que se quiere, el desinterés por los planes a largo plazo, la competencia de estímulos que les proporcionan mayores satisfacciones y les suponen menos esfuerzos, las brechas en
conocimientos con los más estimulados y la propia situación socio-emocional de nuestro alumnado en los tiempos que corren y ya expuesto en otras ocasiones.

Por tanto, la línea de trabajo tiene que potenciar el desarrollo curricular y sus diversas competencias y como no, las competencias socioemocionales. Queda claro que la educación no es la mera trasmisión de conocimientos, sino que el maestro, que yo llamaría entrenador, centre su actuación en el desarrollo de esas competencias socioemocionales que puedan hacer del
alumnado una persona autónoma, siendo asesores de su aprendizaje.

La formación integral implica que sean buenos estudiantes y buenos ciudadanos. Muchos no activan lo primero, pero sí podemos trabajar lo segundo porque aquí no sobra nadie. En el aspecto socioemocional es donde surgen los reveses académicos y todos los conflictos.
Por tanto, dar clase a los que no quieren es complicado, pero no por ello, imposible. Suelen ser alumnado disruptivo, obstaculizan la labor del docente y del grupo y es aquí donde debemos centrar la gestión de la clase, teniendo en cuenta que debemos de saber dar clase a los que no quieren y eso implica “darles otra clase de la clase”.

De este modo es necesario crear en ellos una actitud favorable hacia el aprendizaje y por tanto es muy necesario trabajar tres elementos fundamentales: Uno cognitivo, en relación a sus propias creencias o expectativas…”no me entra”, “soy incapaz” …; otro afectivo referente a los sentimientos y emociones: “no me gusta”, “no lo soporto” y otro, conductual, referente a las actuaciones…”no me sale” …”no lo hago”.

Sin lugar a dudas y teniendo en cuenta esta realidad hace falta un cambio de actitud y para ello es necesario la persuasión. La actitud es aprendida y un maestro puede cambiar la actitud de un alumno teniendo en cuenta otros tres elementos, sin los cuales no es posible el cambio de actitud: provocar el interés del alumno, si somos capaces de que vea la utilidad de lo que se le enseña y que su esfuerzo es rentable, y si se consigue obligarle a ello. De este modo, sin un alumno ve que la actividad escolar es interesante y útil, no le hará falta obligarle. Por tanto, la persuasión es fundamental.

Paco Llopis. Maestro