El acto acogió también el homenaje a Manuel Luque-Romero Luque, ejemplo de compromiso salesiano y solidaridad fue reconocido por el Grupo Joven del Cristo del Amor

La tarde se hizo oración en la capilla de Ntro. Padre Jesús Nazareno, en San Agustín, donde se celebró el XXII Pregón Juvenil de la Semana Santa  de Montilla, organizado por el Grupo Joven del Cristo del Amor, una cita ya consolidada en la antesala de la Semana Santa que volvió a reunir a jóvenes, hermanos y devotos en torno a la palabra hecha testimonio.

Miguel Aguilar Tejada, ofreció un pregón íntimo y profundamente sentido, pronunciado desde la vivencia personal y desde una fe que no se esconde. El marco elegido aportó el recogimiento necesario para que cada palabra encontrara eco en el corazón de quienes escuchaban.

El pregonero llegó al ambón de la mano de su hermano y presentador, el sacerdote Francisco Solano Aguilar Tejada, quien desde el inicio, dejó claro el eje de la noche: “Todo lo nuestro nace y se sostiene en el amor. El amor que vence, que levanta, que permanece. El amor es más fuerte que la muerte”. En un discurso cargado de referencias bíblicas y vivencias compartidas, subrayó el privilegio de presentar no solo a un cofrade comprometido, sino a su propio hermano: “Porque antes que la lírica y la gloria, antes que el papel y que el sonido, yo guardo los pasajes de su historia y el latido que siempre hemos compartido”.

La emoción se transmitió a todos los presentes cuando indicó que “antes que orador eres mi hermano, el mejor regalo que me dio el cielo”.

Despierta, Montilla, que el sueño ha comenzado”

Tras recibir el abrazo y bendición de su hermano, tomo la palabra el pregonero y con una escena íntima, casi susurrada, evocando la voz de una madre que le narraba la historia de Jesús como un cuento eterno: En ese diálogo espiritual, ella le aseguraba que estaría a su lado en cada palabra y en cada latido. “No llores —me susurró—, déjame contarte esta historia… Más de 2000 años, Miguel, pero es un sueño tan real que hoy sigue vivo en cada rincón de nuestro pueblo”. En esa historia hizo alusión a las advocaciones marianas de nuestra Semana Santa y lanzó la proclama que resonó en la capilla: “Despierta, Montilla, que el sueño ha comenzado”.

Visiblemente emocionado, agradeció a su hermano la presentación: “Gracias, Paco, por no dudar en decir que sí. Yo solo tenía una condición para poder hacer este pregón, y no era más que tú fueses mi presentador”.

El pregón avanzó siguiendo el orden de la Pasión, “porque esta noche el capataz que nos guía no es otro que el mismísimo Evangelio”. Desde la entrada triunfal hasta la Resurrección, el joven orador fue desgranando su propia Semana Santa, la que ha vivido desde niño y la que hoy comparte intensamente con su hermano.

Con especial cariño evocó lo que significa para ambos compartir la estación de penitencia del Cristo de la Juventud, una experiencia que este año vivirá de manera especial como costalero y en ese mismo hilo de vivencias compartidas, habló de la Caridad, de cuya imagen ambos son sus pies, convirtiendo el esfuerzo en oración y el cansancio en ofrenda.

El recorrido por la Pasión fue otro de los momentos brillantes del pregón. Miguel Aguilar no se quedó en la estampa devocional, no fue solo el recorrido por la Pasión, sino el contraste, la interpelación directa y la actualización a la realidad juvenil .

El domingo de Ramos mientras las palmas se agitaban al viento, una lágrima caía del rostro del maestro. El rey lloraba la paz que su pueblo no quiso ver. “los que ayer le tiraban palmas, hoy le piden la cruz”, preguntándose con valentía: “¿Para qué tanto júbilo, Señor, para qué tanta alegría, para qué tanta palma, si al final tu trono no será de gloria, sino de madera?”.

En Getsemaní, la imagen se volvió íntima y desgarradora —“ya no parte el pan, ahora se parte su alma”— para trasladar después la reflexión a la juventud actual: “¿Qué Semana Santa estamos construyendo entre todos?”.

Al definir la fe fue cuando arrancó una de las frases más aplaudidas: Reflexionó sobre la autenticidad de la fe juvenil: “La fe suena a ser costalero de los problemas del vecino y cirineo de ese que llora a solas”. Y lanzó preguntas directas: “¿Qué Semana Santa estamos construyendo entre todos? ¿Andamos al mismo son, siempre mirando a Cristo o hacia el suelo?.

Ante el Nazareno, expresó: “Ten, Nazareno, que quiero ser tu cirineo para ayudarte a cargar con la cruz, esa que todos llevamos colgada día tras día”. Y ante el misterio de la Cruz afirmó con rotundidad: “No es madera lo que pesa, ni hierro lo que hiere. Es el peso de nuestra culpa lo que su hombro sostiene”.

El pregón culminó en clave de esperanza: “La cruz no es solo dolor, sino que sobre todo es vida”. Y, proclamando la victoria pascual, recordó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá”.

Hubo también espacio para la memoria familiar, dedicando palabras sentidas a sus abuelos y tíos fallecidos: “Lo poco que tengo es vuestro, pues todo se lo debo a ellos”. La emoción contenida en la capilla confirmó que no era solo un discurso, sino una confesión pública de fe.

El presidente de la Agrupación de Cofradías felicitó y entregó un recuerdo al pregonero

Acto de homenaje

En el transcurso del acto, el Grupo Joven del Santísimo Cristo del Amor rindió homenaje Manuel Luque-Romero Luque por su entrega a la casa salesiana y su solidaridad. La presidenta, Aurora Ramírez, destacó sus casi cinco décadas de vinculación a la hermandad y a la Casa Salesiana de Montilla. Recordó cómo, “desde pequeño, de la mano de su padre”, comenzó participando en la estación de penitencia del Miércoles Santo, primero con una pequeña vela, después como nazareno y más tarde como costalero del Santísimo Cristo del Amor. Ramírez puso en valor su compromiso constante y su compromiso callado, especialmente como vocal de acción caritativa y social, impulsando iniciativas solidarias como el “montadito solidario” o la acogida en su propio hogar de un menor ucraniano refugiado. “Si hay algo que define el corazón de Manolo —afirmó— es que su caridad nunca ha sido solo de palabra”.

Visiblemente emocionado, el homenajeado reconoció su sorpresa ¿Qué he hecho yo para que estos jóvenes se acuerden de mí?”. En su intervención, convirtió el reconocimiento en una llamada a la responsabilidad de la juventud : “No hay mayor alegría que ver a los jóvenes crecer”, animándolos a seguir comprometidos con su hermandad y con la Iglesia. “Sois el presente y el futuro de este pueblo”, les dijo, invitándolos a no apartarse “del camino de la verdad”, a no olvidar la Eucaristía y a acoger “a todos aquellos que están viniendo a nuestro pueblo”.

Jóvenes presentadores del acto